sábado, 27 de agosto de 2011

El miedo que nos paraliza

 
"El Grito", de Edvard Much



“El valor no es la ausencia de miedo, es la conquista de este”.


El miedo es una emoción, y como tal posee una función adaptativa, que nos ha permitido sobrevivir como especie a lo largo de la historia. En sí mismo, no es más que eso, un arma protectora que nos permite ser cautos en la vida. El problema surge cuando este sentimiento no nos protege ni nos permite adaptarnos al mundo, sino que nos limita y perturba, nos hace infelices. No hablo de las fobias que se recogen en los manuales de Psicología (ese sería otro tema a tratar), hablo simplemente del miedo como barrera autoimpuesta: el miedo per se.

Aún no deja de sorprenderme lo infelices que pueden llegar a ser algunas personas por miedo. Algunas temen el conflicto, otras temen recibir un no por respuesta, otras tienen miedo al posible rechazo o que les dejen de querer, a la soledad, a la muerte, al dolor propio o ajeno, al qué dirán o pensarán, al compromiso, etc. La colección es inagotable.


Algunas personas prefieren vivir paralizadas o bloqueadas, acurrucadas en una esquina de sus vidas viendo las oportunidades pasar de largo sin ni siquiera saludar, sin percatarse de que ellas están ahí, temblorosas y pálidas. Y es que la vida no espera por nadie, continúa fluyendo sin parar… Todo momento es único e irrepetible, fugaz. Si no aprovechamos ese momento, por miedo, siempre será tarde.

Es curioso, no se suele temer a despotricar de los demás, a tirarse los trastos a la cabeza, a ignorarse e incluso a dedicarse alguna “lindeza”. Y sin embargo, algunos temen decir “te quiero” o “perdóname”, o simplemente “me equivoqué”, “te he echado de menos”, “gracias”…
Por miedo, muchas personas han renunciado al amor, a un trabajo, a una experiencia maravillosa, a vivir su propia vida. El temor a veces nos convierte en nuestros propios verdugos y carceleros.

Pero, ¿de quién es la responsabilidad?: absoluta y estrictamente nuestra. Suelo decir que los miedos están para plantarles cara y superarlos. Depende sólo de nosotros.

  
Temores inventados

Cuando era un niño y veía alguna película de terror, después me pasaba la noche en vela mirando debajo de la cama o dentro del armario para comprobar si había alguien (o  algo), y aunque veía que sólo había oscuridad (y alguna pelusilla que otra) seguía asustado y sin poder conciliar el sueño (reconozco que alguna vez recurrí a la calidez protectora de la cama de mis padres, barrera infalible contra los monstruos, fantasmas y brujas).  Una escena bastante típica de los niños. 
 
Algunos adultos, en ocasiones, asumen un comportamiento parecido al descrito, sólo que con otro formato. Me explico: no tienen  ninguna evidencia para pensar que eso que temen necesariamente va a ocurrir y, sin embargo, siguen teniendo miedo y se quedan bloqueados o paralizados sin poder actuar, decidir, arriesgarse, saltar o tomar las riendas de su vida. Realmente no hay nada (ni nadie) ahí y actuamos (o no actuamos) como si lo hubiese. Ese tipo de miedos no están debajo de la cama, en el armario, en el desván o detrás de la cortina de la ducha (lugares emblemáticos que albergaban el miedo según el género del terror), sino que se alojan en nuestra mente. 


Asustemos a nuestros miedos

Para vencer nuestros miedos, el primer paso es identificarlos y reflexionar. ¿A qué temo? ¿Cuál es mi miedo? ¿Por qué temo eso? ¿Eso que pienso necesariamente tiene que ocurrir?, ¿qué evidencia tengo de ello?... Y, además,  analizar las consecuencias que implica ese miedo o barrera en tu vida: ¿cuánto me afecta honestamente este miedo? ¿Me está impidiendo desarrollarme o crecer como persona en algún sentido?, ¿cómo me sentiría y qué haría si no tuviera ese temor?, etc.

Una vez identificado y analizado, podemos confesarlo, compartirlo con los demás, recabar información y contrastarla. Así el miedo comienza a empequeñecer y a perder poder sobre nosotros. Quizás nos sorprenda que nuestro miedo lo tienen o han tenido personas de nuestro entorno, o descubramos que a alguien le asusta algo que para nosotros es inocuo y viceversa, pues el miedo es relativo y subjetivo. Resulta fundamental revisar nuestras creencias en torno al miedo, así como nuestra motivación para superarlo. Si fuera necesario, podemos consultar a un profesional.

  
El miedo: nuestro peor miedo

Probablemente nuestro peor miedo es el propio miedo. Si no entendemos su origen, su función en la vida, si no lo desenmascaramos o le quitamos la sábana no veremos lo que verdaderamente es: un sentimiento natural e inevitable, positivo en su justa medida, y que nos permite aprender y emprender. A los miedos dediquémosle un gran “Buuuuuuuuu!”.

Comparto con ustedes un enlace de un vídeo que sin duda alguna expresa mejor que mis palabras lo que hay que hacer con esos miedos que no nos permiten ser más libres y felices. 


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